Esta semana:
Come, Reza y Ama de Elizabeth Gilbert
Introducción l viajar por India —sobre todo por los lugares sagradosjapa malas. Enjapa malas y, admirados, llevaronjapa mala tradicional tiene 108 abalorios. En los círculos este libro es sobre mi lucha por hallar el equilibrio, he decidido
estructurarlo como un
cuentos, o abalorios. Este rosario de 108 cuentos se divide, a
su vez, en tres secciones sobre Italia, India e Indonesia, los tres
países que visité durante este año de introspección. Es decir,
hay 36 cuentos en cada sección, cosa que tiene un signifi cado
especial para mí, ya que esto lo escribo durante mi año trigésimo
sexto.
Y ahora, antes de ponerme a lo Louis Farrakhan con el
asunto de la numerología, permitidme acabar diciendo que también
me gusta la idea de enhebrar estos cuentos como si fueran
un
La investigación espiritual sincera es, y siempre ha sido, una
suerte de disciplina metódica. Buscar la verdad no es una especie
de venada facilona, ni siquiera hoy en día, en estos tiempos
tan
de escritora, me resulta útil seguir la estructura del collar todo
lo posible para poder concentrarme en mi objetivo fi nal.
El caso es que todo
un abalorio especial —el número 109— que queda fuera del
círculo equilibrado que forman los otros 108, colgando como
un amuleto. Al principio yo creía que el abalorio 109 era de
repuesto, como el botón extra de un jersey o el segundón de
una familia real. Pero parece ser que tiene un propósito más
elevado. Cuando estás rezando y lo alcanzas con los dedos,
debes interrumpir la concentración de la meditación para dar
las gracias a tus maestros. Así que aquí, en mi abalorio 109, me
detengo incluso antes de haber empezado. Quiero dar las gracias
a todos mis maestros, que han aparecido en mi vida, a lo
largo de este año, de la manera más variopinta.
Pero, ante todo, quiero dar las gracias a mi gurú, una
mujer que es la compasión personifi cada y que tan generosa-
japa mala, dividiendo mi historia en 108japa mala, porque así les doy una forma más... estructurada.venados y facilones. Como eterna buscadora que soy, ademásjapa mala tiene un abalorio de más, mente me permitió estudiar en su ashram mientras estuve en
India. Por cierto, me gustaría aclarar que escribo sobre mis
experiencias en India desde un punto de vista meramente personal
y no como experta en teología ni como portavoz ofi cial
de nadie. Por este motivo, no revelaré el nombre de mi gurú
en este libro, ya que no puedo hablar por ella. Sus enseñanzas
hablan mejor por sí mismas. Y tampoco mencionaré el nombre
ni el lugar donde se halla su ashram, librando a tan digna institución
de una publicidad que quizá no pueda afrontar por
falta de recursos o por falta de interés.
Una última expresión de gratitud: varios nombres de los
aparecidos en este libro se han cambiado por una serie de motivos
y he decidido cambiar también los de todos aquellos —sean
indios u occidentales— a quienes conocí en el mencionado ashram
de India. Lo hago por respeto al hecho de que la gente no
suele hacer una peregrinación espiritual para salir después como
personajes de un libro. (A no ser, por supuesto, que se trate de
mí). Sólo he hecho una excepción en esta política de anonimato
que me he impuesto. El tal «Richard el Texano» que aparece
en el libro se llama, efectivamente, Richard, y es de Texas.
He querido conservar su nombre real por lo mucho que signifi
có para mí durante mi estancia en India.
Y, por último, al preguntar a Richard si le parecía bien
que dijera en mi libro que había sido un yonqui y un borracho,
me dijo que le parecía perfecto.
Me dijo:
—La verdad es que llevaba un tiempo pensando en cómo
hacer pública esa noticia.
Pero empecemos por Italia...
Italia
o
«Dilo comiendo»
o
Treinta y seis historias sobre la búsqueda del placer
Uf, pero por muchos motivos es una idea descabellada.
Para empezar, Giovanni tiene diez años menos que yo y
—como la mayoría de los veinteañeros italianos— aún vive con
su madre. Esto basta para convertirlo en un compañero sentimental
bastante improbable, dado que yo soy una estadounidense
entrada en la treintena que acaba de salir de un matrimonio fallido
y un divorcio tan interminable como devastador, seguido
de una veloz historia de amor que acabó en una tristísima ruptura.
Estas pérdidas, una detrás de otra, me han hecho sentir triste
y frágil y como si tuviera unos siete mil años. Aunque sólo sea
por una cuestión de principios, no estoy dispuesta a imponer mi
personaje patético y destrozado al maravilloso e inocente Giovanni.
Y por si eso fuera poco, al fi n he llegado a esa edad en que
una mujer se empieza a plantear si recuperarse de perder a un
hombre joven y guapo de ojos castaños consiste en llevarse a otro
a la cama cuanto antes. Por eso ahora llevo sola tantos meses y,
de hecho, he decidido pasar este año entero en celibato.
Ojalá Giovanni me besara. Ante esto un observador sagaz podría preguntar: «Entonces,
¿por qué has venido nada menos que a Italia?».
A lo cual sólo puedo responder, sobre todo cuando miro
al guapo Giovanni, que está sentado al otro lado de la mesa:
«Una pregunta excelente».
Giovanni es mi pareja de «Intercambio Tándem», cosa que
puede sonar insinuante, pero por desgracia no lo es. Lo
que signifi ca es que nos reunimos un par de tardes aquí, en
Roma, para practicar nuestros idiomas respectivos. Primero
hablamos en italiano y él tiene paciencia conmigo; luego hablamos
en inglés y yo tengo paciencia con él. Descubrí a Giovanni
cuando apenas llevaba unas semanas en Roma gracias
al gigantesco cibercafé que hay en la piazza Barberini frente
a esa fuente que consiste en un erótico tritón con una caracola
entre los labios a modo de trompeta. Él (Giovanni, no el
tritón) había dejado una nota en el tablón de anuncios explicando
que un italiano nativo buscaba un estadounidense nativo
para poder practicar idiomas. Justo al lado de su nota
había otra con el mismo texto, idéntico en todo, palabra por
palabra, hasta en la letra. La única diferencia eran los datos
de contacto. Una de las notas daba una dirección de correo
electrónico de un tal Giovanni; la otra mencionaba a un hombre
llamado Dario. Pero hasta el teléfono fi jo que daban era
el mismo.
Empleando mi aguda intuición, les envié el mismo correo
electrónico a los dos, con una pregunta en italiano: «¿Sois hermanos,
quizá?».
Fue Giovanni quien me respondió con este mensaje tan
provocativo (como dicen los italianos): «Mejor todavía. ¡Somos
gemelos!».
Pues sí. Mucho mejor. Resultó que eran dos gemelos
idénticos de 25 años; altos, morenos, guapos y con esos enor-
mes ojos castaños que tienen los italianos, que parecen líquidos
por el centro y que a mí me hacen perder el norte. Después
de conocer a los dos chicos en persona empecé a pensar
si no debería replantearme la idea de pasar todo el año en
celibato. Por ejemplo, podía seguir totalmente célibe, pero
tener como amantes a un par de hermosos gemelos italianos
de 25 años, hecho que me recordaba vagamente a una amiga
mía que es vegetariana pero come beicon, aunque... De pronto
me vi escribiendo uno de esos relatos para la revista
Penthouse: «En la penumbra de las titilantes velas del café romano
era imposible saber de quién eran las manos que acariciaban...».
Pero no.
No y no.
Interrumpí la fantasía bruscamente. No era el momento
adecuado para andar buscando amores que complicaran aún
más mi ya enrevesada vida (cosa que iba a suceder de todas
formas). Era el momento de buscar esa paz terapéutica que sólo
se encuentra en soledad.
El caso es que a estas alturas, a mediados de noviembre,
el tímido y estudioso Giovanni y yo nos hemos hecho muy
buenos amigos. En cuanto a Dario —el hermano más ligón y
presumido de los dos—, le he presentado a mi querida amiga
sueca Sofi e y de sus tardes en Roma sólo diré que eso sí es un
«Intercambio Tándem» y lo demás son tonterías. En cambio,
Giovanni y yo sólo hablamos. Es decir, comemos y hablamos.
Llevamos ya muchas semanas agradables comiendo y hablando,
compartiendo pizzas y pequeñas correcciones gramaticales,
y esta noche no ha sido una excepción. Una hermosa velada a
base de nuevos modismos y
Ahora es medianoche, hay niebla, y Giovanni me está
acompañando a casa, a mi apartamento del centro, en un barrio
mozzarella fresca. de callejones dispuestos orgánicamente en torno a los clásicos
edifi cios romanos, como una red de pequeños afl uentes serpenteando
entre bosquecillos de cipreses. Ahora estamos delante
de mi puerta. Nos miramos. Giovanni me da un abrazo
cariñoso. Esto es todo un avance; durante las primeras semanas
se limitaba a darme la mano. Creo que si pasara tres años
más en Italia el chico acabaría atreviéndose a besarme. Aunque,
bien mirado, le podría dar por besarme ahora mismo, esta
noche, aquí mismo, delante de mi puerta... Aún hay una posibilidad...,
porque nuestros cuerpos están tan pegados uno al
otro y a la luz de la luna... y está claro que sería un error tremendo...,
pero sigue siendo maravilloso pensar que pudiera
atreverse ahora mismo..., que le diera por inclinarse hacia mí...
y... y...
Pero no.
Tras abrazarme se aparta de mí.
—Buenas noches, mi querida Liz —me dice.
—
Subo las escaleras hasta mi apartamento del cuarto piso,
sola. Abro la puerta de mi estudio diminuto, sola. Una vez
dentro cierro la puerta. Otra noche solitaria en Roma. Me espera
otra larga noche durmiendo, sin nada ni nadie con quien
compartir la cama salvo un montón de glosarios y diccionarios
de italiano.
Estoy sola; estoy completamente sola. Estoy más sola que
la una.
Una vez asimilado el hecho, dejo caer el bolso, me pongo
de rodillas y apoyo la frente en el suelo. En esta postura ofrezco
al universo una sentida oración de agradecimiento.
Primero en inglés.
Después en italiano.
Y por último... por si no ha quedado claro... en sánscrito.Buona notte, caro mio —le contesto. o
Cómo funciona este libro
o
El abalorio 109
A
y ashrams— se ve mucha gente con abalorios colgados
del cuello. También se ven muchas fotografías antiguas de yoguis
desnudos, esqueléticos y aterradores (o, a veces, incluso
yoguis rechonchos, bonachones y radiantes) que también llevan
abalorios. Estos collares de cuentas se llaman
India los hindúes y budistas devotos los usan desde hace siglos
para mantenerse concentrados durante sus meditaciones religiosas.
El collar se sostiene en la mano y se toca una cuenta
cada vez que se repite un mantra. En la Edad Media, cuando
los cruzados llegaron a Oriente durante las guerras santas, vieron
a los devotos rezar con sus
la idea a Europa, donde se convirtió en el rosario.
El
más esotéricos de la fi losofía oriental el número 108 se considera
el más afortunado, un perfecto dígito de tres cifras, múltiplo
de tres y cuyos componentes suman nueve, que es tres
veces tres. Y tres, por supuesto, es el número que representa el
supremo equilibrio, como sabe cualquiera que haya estudiado
la Santísima Trinidad o un sencillo taburete. Dado que todo

